Blancos y negros de “The Social Dilemma” aplicados al Marketing

Análisis de la reflexión que plantea la película «El Dilema de las Redes Sociales»

¿Son las redes sociales tan beneficiosas e inofensivas como parecen? ¿O tan malignas y perjudiciales como se describen en “The Social Dilemma”, el documental que Netflix acaba de estrenar? La película plantea asuntos interesantes desde un punto de vista muy controvertido. Yo, personalmente, creo que entre el blanco y el negro hay una escala de grises. Vayamos por partes para analizar con un poco más de detalle todos los componentes. ¡Atención: spoiler a partir de aquí!

Jeff Orlowski, el director, plantea una reflexión sobre los peligros de las redes sociales en una película que utiliza un formato mixto (mitad ficción y mitad documental) para intentar explicar de forma muy didáctica cómo funciona la trastienda de las redes sociales y desvelar cuál es, en realidad su objetivo final. Los testimonios de los propios creadores y directivos de herramientas como Facebook, Google, YouTube, Twitter, Instagram y Pinterest, junto a algunos académicos, desvelan “el lado oscuro” de las redes sociales y hablan del efecto nocivo que tienen sobre nosotros como sociedad y como personas. 

Algunos de los entrevistados llegan a decir que, ahora, “a estas alturas de la película”, no permiten a sus propios hijos el uso de esas tecnologías que ellos mismos crearon y promocionaron hace apenas unos años. Hablan de las terribles consecuencias que producen las redes sociales: incremento del número de adolescentes con depresión, aumento de la tasa de suicidios, incapacidad emocional y social para manejar las exigencias de las redes sociales a cambio de la gratuidad y bondades que ofrecen, la adicción, la inseguridad, los bulos o la polarización de ideas.

Vivimos en la sociedad del click

Las aplicaciones y las redes sociales forman parte de nuestra vida cotidiana. Nos pasamos 6 horas y 43 minutos al día -de media mundial-  conectados, según el último informe de Statista (los españoles, un poco menos: 5:41h), y tenemos una media de 17,8 apps instaladas en nuestro dispositivo móvil, según señala Business Insider. Vivimos totalmente conectados. 

La película plantea la existencia de una sociedad actual que vive enganchada al impulso del click, a los “me gusta” y a la interacción continua online, no tanto porque los usuarios hagan uso de unas herramientas de comunicación que acortan distancias sino porque los creadores de estas herramientas lo habían orquestado todo así para crear relaciones de dependencia y para poder manipular nuestros datos, deseos e ideas de manera muy fácil y casi imperceptible. El fin último con el que todas estas plataformas fueron creadas es «conseguir arrebatarnos todo el tiempo posible de nuestras vidas», llega a asegurar Tim Kendall, -ex directivo de Facebook-.

¿Son realmente gratuitas las redes sociales? ¿Quién paga la fiesta?

“The Social Dilemma” habla de empresas milmillonarias que, usando algoritmos, hacen negocio a partir de nuestros datos. ¿Cómo es posible que ganen tanto dinero compañías como Facebook, Google, YouTube, Twitter, Instagram y Pinterest si nosotros no pagamos por la descarga de ninguna de estas aplicaciones ni por usar sus likes, sus corazones ni por conseguir más seguidores o visualizaciones de contenido? Nuestra percepción como usuarios suele ser que las redes sociales son gratis. Pero, en realidad, esto no es cierto: si nosotros no pagamos es porque hay otros que pagan por nosotros. 

Y aquí es donde entran de lleno las marcas y toda la maquinaria de marketing. ¿Por qué van a estar dispuestas las marcas a pagar un servicio por ti o por mí? El documental viene a señalar que la razón es porque estas tecnologías recopilan tantos datos que pueden construir un perfil personalizado de cada uno de nosotros. Este perfil permite a las marcas saber con gran precisión cuál va a ser nuestro comportamiento y precisamente esto es el Santo Grial para cualquier empresa. En la película se responde a esta pregunta con esta contundente respuesta: si el servicio es gratuito es porque tú eres el producto.

Más allá del marketing: ¿Fake news? ¿Persuasión? ¿Manipulación?

Uno de los momentos más reivindicativos de la película va más allá de esa idea del uso de las redes sociales como ladrones de tiempo y como herramienta de marketing para intentar conocer las necesidades de los usuarios para enviarles un bombardeo de anuncios personalizados; el documental llega a afirmar que las redes sociales fueron diseñadas con técnicas de programación conductual para condicionar nuestro subconsciente: modificar nuestras conductas sin que seamos capaces de percibirlo, aprovechado nuestra adicción a estas tecnologías.

“The social dilemma” no solo habla de la persuasión dirigida de las marcas sino de la manipulación de las masas con fake news, esas noticias falsas que utilizan algunos jefes de Estado y políticos para conseguir sus propósitos. Hay una secuencia que apunta con el dedo directamente a España (se muestran imágenes del presidente Pedro Sánchez) cuando se habla de este tema pero la cinta se enfoca especialmente en la gestión de las redes sociales durante la campaña de Donald Trump, en el Brexit, en las conspiraciones políticas a nivel mundial, en la incitación a la violencia en países como Myanmar o, incluso, en las creencias falsas sobre el coronavirus.

Jaron Lanier dice que ya no se trata de personalizar publicidad o de anticipar los deseos del consumidor sino de la capacidad de crear esos nuevos deseos o de polarizar actitudes. Este pionero de la informática en Atari denuncia que la búsqueda agresiva de ganancias de estas grandes empresas son una amenaza para nuestra privacidad, para la democracia y para el Estado de Bienestar. 

La reacción de Facebook no se ha hecho esperar

A Facebook, obviamente, no le ha hecho ninguna gracia el documental de Netflix y ha emitido un comunicado oficial en el que defiende que sus productos se han creado para aportar valor (no para ser adictivos) y en el que ha tachado de sensacionalista la película. 

Además, critica que: “en lugar de dar una visión matizada de la tecnología, el documental ofrece una visión distorsionada de cómo funcionan las plataformas de redes sociales para crear un chivo expiatorio para problemas sociales difíciles y complejos. Los creadores del documental no incluyen las percepciones de aquellos que actualmente trabajan en estas empresas o de expertos que tienen una visión diferente de la narrativa propuesta por la película. Tampoco reconocen, de manera crítica o no, los esfuerzos que ya han realizado las empresas para abordar muchos de los problemas que plantean. En cambio, solo se apoyan en los comentarios de quienes no llevan muchos años dentro”.

REFLEXIÓN PERSONAL EN VOZ ALTA

El documental abre un gran espacio a la reflexión sobre el impacto de las redes sociales en nuestras vidas, sobre nuestra dependencia a internet y sobre el enorme poder que tiene un reducido número de empresas (o de personas, mejor dicho) sobre toda la faz de la tierra. 

Sin embargo, este debate no es nuevo. ¿Qué es lo que tiene de innovador este discurso? El hecho de que esta sobredosis digital y ese abuso de las redes se presente desde una perspectiva muy crítica en boca de aquellos que crearon toda esta maquinaria y que hoy se arrepienten, alegando razones éticas. 

A mí, personalmente, me parece un debate muy interesante y unos testimonios valiosísimos. Sin embargo, a nivel periodístico, echo en falta una visión algo más imparcial. Solo está contemplada una postura. En el documental no hay cabida a voces discordantes con esa filosofía. En eso, creo que Facebook tiene razón. Aquellos que antes defendían a capa y espada las bondades del click y de los me gusta, defienden, ahora, con el mismo ahínco, todo lo contrario. ¿Qué versión vale más: la de antes o la de ahora? ¿Dónde está la credibilidad? ¿Dónde están los límites éticos? ¿A partir de qué cifra millonaria empezamos a hablar de ética o a silenciarla?

Yo no creo que ni las redes sociales sean tan bonitas como las pintan Facebook y compañía ni tan malas como las describe el documental. Yo creo que entre el blanco y el negro, existe un abanico inmenso de diferentes tonalidades grises donde lo importante no es tanto definir si las tecnologías son buenas o malas sino si el uso que se hace de ellas es correcto o inapropiado. Para mí, lo importante aquí es poner el foco en el “cómo”; no en el “qué”. 

Personalmente, he de reconocer que me encanta poder estar conectada con gente de los países en los que he vivido, con la que sigo en contacto gracias a las redes sociales. Además, creo que el primer confinamiento que vivimos en el primer semestre del año para intentar frenar la curva del coronavirus, se nos hizo mucho más llevadero gracias a las herramientas digitales: pudimos hacer la compra online, apuntarnos al gym virtual, hacer videollamadas con amigos y familia acceder a plataformas de cine digital y mil cosas más. Teníamos acceso al mundo exterior a la distancia de un solo “click”. ¿Te imaginas cómo hubiera sido pasar el confinamiento sin este tipo de tecnologías? ¿No han jugado un papel crucial (en términos positivos) las redes, en particular, y el mundo digital, en general, en estos momentos? 

¿En serio es tan terrible que los anunciantes te dirijan promociones de un producto que sueles comprar más caro o de alguna marca que sigues porque eres muy fan? Ahora bien, una cosa es enviarte una promoción personalizada que pueda resultar de tu interés y otra muy distinta es imponerte un muro de notificaciones predeterminadas (aquí, lo siento, Facebook pero fue el momento donde me perdiste como heavy user) o avasallarte con cientos de anuncios que no te interesan y que no te dejan ni navegar por la pantalla o intentar colarte noticias falsas con fines políticos o empresariales perniciosos. Una cosa es persuadir/influenciar y otra muy diferente es manipular. Quizás, ha llegado el momento establecer los límites de las redes sociales y de hablar de código ético y de regulación a nivel internacional. No todo vale y mucho menos a cualquier precio. 

Hablando de precio y recuperando esa crítica sobre la falsa gratuitad de las redes sociales de la que habla la película, pensémoslo bien: ¿quién da duros a cuatro pesetas? Obviamente diseñar toda la tecnología, desarrollarla y mantenerla tiene un coste y alguien tiene que pagarlo. Ahora, pensemos los usuarios: ¿estamos dispuestos a pagar por todas y cada una de las redes sociales, aplicaciones, medios y plataformas que utilizamos o preferimos disfrutar de la barra libre que nos ofrecen las marcas? ¿Nos compensa el valor que nos ofrecen? Esto es una decisión personal de cada uno.

Y tú, ¿qué piensas? ¿Crees que las redes sociales son tan malas? ¿Te parece mal que las marcas paguen la fiesta sabiendo hay un interés comercial detrás? 

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